domingo, noviembre 01, 2015

En busca del Tiempo Perdido  - Alguna alegoría




De todos modos, la niebla que desde la víspera se había alzado en el mismo París no sólo me hacía pensar sin tregua en la tierra natal de la muchacha a quien acababa de invitar, sino que, como era probable que, mucho más densa aún que en la ciudad, habría de invadir al atardecer el Bosque, sobre todo a la orilla del lago, pensaba yo que convertiría un poco para mí la isla de los Cisnes en la isla de Bretaña, cuya atmósfera marítima y brumosa había rodeado siempre a mis ojos como una vestidura la pálida silueta de la señora de Stermaria. Realmente, cuando es uno joven, a la edad en que tenía yo cuando mis paseos del lado de Méséglise, nuestro deseo, nuestra creencia confieren al vestido de una mujer una particularidad individual, una irreductible esencia. Persigue uno la realidad. Pero, en fuerza de dejarla escapar, acaba por observarse que a través de todas esas varias tentativas en que hemos encontrado la inanidad subsiste algo sólido, y es lo que se buscaba. Empieza uno a despejar, a conocer aquello que ama; trata de procurárselo, aunque sea a costa de un artificio. Entonces, a falta de la creencia desaparecida, la costumbre significa un suplir esa creencia mediante una ilusión voluntaria. De sobra sabía yo que no iba a encontrar a media hora de casa la Bretaña. Pero al pasearme de bracete con la señora de Stermaria por las tinieblas de la isla, a la orilla del agua, haría como otros que, ya que no pueden entrar en un convento, por lo menos, antes de poseer a una mujer, la visten de religiosa.

Proust

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